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Recuerdos de Epinay

07 nov 2005

Nadine y Patricia, Helena, Minni, West y Winn, todos los hermanos de Nadine que junto con sus pluriempleados padres, el primo Tom, el abuelo Joseph y el perro Jacki formaban la familia originaria del Congo, de apellido Gómez (un español aventurero que se casó con la bisabuela) que me acogió en su apartamento de 60 m2 en mi primer intercambio escolar con un colegio del extraradio de París, cerca de Saint Denis.

Con algunas personas, cuando te abrazan, se siente algo parecido a cuando te pones ropa hecha a medida. Las estaturas, la longitud de los brazos o la medida del espacio que entre ellos y el pecho queda parecen formar una ecuación perfecta que convierte a los dos cuerpos en piezas de un puzzle que encajan perfectamente y que te hacen sentir, no como en casa, sino mucho mejor.

Esto tiene de bueno que no mantiene ninguna relación con el enamoramiento, pues cuando este se acaba las piezas siguen encajando. Es algo físico que sólo puede romperse con un cambio anatómico radical de alguna de las partes.

Con esa sensación he soñado esta noche. Por lo que el despertar ha sido peor que de costumbre, ha sido como una expulsión. Si me hubiesen tirado de la cama con violencia y hubiera caído en un cubo de hielo habría sido más agradable.

También he soñado con Nadine, y con Patricia, Helena, Minni, West y Winn, todos los hermanos de Nadine que junto con sus pluriempleados padres, el primo Tom, el abuelo Joseph y el perro Jacki formaban la familia originaria del Congo, de apellido Gómez (un español aventurero que se casó con la bisabuela) que me acogió en su apartamento de 60 m2 en mi primer intercambio escolar con un colegio del extraradio de París, cerca de Saint Denis.

Lo pasé tan bien que repetí al año siguiente y aunque perdí el contacto con la familia Gómez y les vi por última vez hace ya diez años, todavía recuerdo el alboroto continuo, el olor del plátano frito, los colchones adaptados a espacios inverosímiles y la amiga de Nadine, Cumba, la más guapa del barrio, que tenía 19 hermanos pues su padre iba ya por la tercera esposa (simultánea).

Entonces yo sólo pensaba en montarme en el coche del novio de Patricia, que nos llevara a París y West me sacara a bailar en el Trocadero. Pero recuerdo muy bien los barrios-guetos, los grupos cerrados, la colocación automática según el origen (de los padres) y los enfrentamientos entre bandas que solían ser de desclasados blancos contra inmigrantes o hijos de inmigrantes negros. Si intervenía la policía, salían perdiendo los segundos por sistema.

Un día, fui testigo de un enfrentamiento entre cuatro chicas que fue posteriormente denunciado como atraco con agresión por dos de ellas. Cuando pregunté inocentemente si tendría declarar o algo parecido me respondieron de forma bastante fina, algo así como que no sería necesario porque las acusadas eran negras.

Es curioso que por esa época, en el colegio nos presentaran a Francia como modelo de integración, cuando el paro y la ausencia de horizonte y, según pasaba el tiempo, de esperanza se cebaban en el cinturón de las etiquetas.

La ciudad de Nadine y de West y de Cumba, Epinay sur Seine, no es uno de los puntos rojos de estos últimos días a pesar de estar en la zona crítica. Pero es noticia porque un hombre fue a fotografiar una farola y fue asesinado a golpes delante de su familia por unos atracadores. Es terrible. Precisamente por eso no puedo soportar que buscando noticias sobre la ciudad de mis amigos, encuentre páginas españolas que denuncian que la muerte de los dos chicos electrocutados se ponga por delante de la de este honrado padre de familia de la que nadie habla, o que llamen a los grupos violentos “bandas de maleantes e islamistas”.

No se ponen unas muertes por delante de otras, pero quizás sí sea eso lo que ellos pretenden. Ha pasado mucho tiempo, ahora el fuego ha prendido y la red se encarga del resto. Quizás con la caída de las fronteras nacionales a muchos se les caiga la benda de los ojos.

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2 Comentarios a “Recuerdos de Epinay”

  1. noe

    Mary, me has hecho volver a Saint Denis, al autobús atestado de gente, la mayoría inmigrantes, que me llevaba de la boca del metro a L’Université Paris XIII, aquel sitio que me enseñó ese otro París alejado del Sena y de los preciosos escaparates de Les Marais. Qué preciosa ciudad dentro del anillo que delimita lo turísticamente recomendable y reconocible! qué maravilla de rasgos, de ropas, de acentos fuera del círculo! me has devuelto imágenes y olores, compañeros de clase,a Sara, de familia marroquí, que me explicaba dulcemente qué quería decir mi profesor de foto cuando usaba términos técnicos fuera de mi vocabulario en francés. He recordado la desoladora imagen de mi primer día de facultad. Estaba viviendo en el centro y cuando me bajé del autobús me pareció estar en otro sitio, en otra ciudad, incluso en otra realidad…a lo mejor no era del todo errónea esa primera impresión. Llovía de poquito en poquito, pero lo justo para que los bloques de piso que hay entre la parada del bus y la entrada a la Universidad, se viesen calados hasta los huesos, la ropa tendida, una bicicleta de niño, mojada y abandonada en el portal. Como yo, mojada por ese agua triste y abandonada por aquel autobús que podría hacer otra ruta en otro país n’importe oú.
    Lo terrible es que esa lluvia lleva mojándolos hace tanto que no extraña que esté pasando todo esto. No extraña pero duele.

    Gracias por este texto. Gracias por pulsar esta tecla. Tienes la virtud de saber hacerlo como nadie.

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  2. vicente

    es triste esta situación i la falta de esperanza lo ha provocado todo.Espero que el gobierno lo solucione todo.No estaba enterado de la situación pero hace poco vi la excelente pelicula la haine i vi lo cruel del momento en francia.besos i fuerza.

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