En 2001, en España, viendo las imágenes en televisión de las protestas por el corralito argentino, la gente lloraba, no lo podían creer. Como tampoco podían creer que aquello fuera la Argentina, con «todos esos negros» (o cabecitas negras como maternalmente los llamaba Evita) que salían en las imágenes del país de Leticia Brédice y Cecilia Roth.
En esa época y hasta mucho después, esos mismos no podían ni imaginar que algo así pasara en un país europeo (mucho menos en el suyo), uno de esos países serios, ejemplos del estado del bienestar, que hacen realidad la unidad monetaria, que son física y jurídicamente seguros y gastan millones en cooperación internacional.
Muchos aún hoy siguen sin creerlo. Aunque sí creen en que un cambio de gobierno es todo lo que hace falta. Uno con mano dura, que se haga cargo del desastre del anterior.
Otros creen que el Sol es un servicio público y solo quieren que alguien se lo garantice. En caso contrario, amenazan con dejar de respirar.
Mientras tanto, las tiendas están vacías, dar de alta una empresa sigue siendo un infierno, la educación es de hace dos siglos, y nadie se pregunta como mejorar los niveles de competitividad de un estado que no tiene nada que ofrecer a parte de deudas.
Con todo esto lo extraño es que no haya más extrañados ni más sentimientos de extraña soledad ante más de lo mismo, cuando ya está claro que no funciona y que hay que probar otro camino, con otras reglas y otros actores.


